Estoy llevando un taller de resiliencia emocional en la iglesia a la que asisto.
Llegué a él con una convicción clara: necesitaba ayuda.
Y decirlo en voz alta no fue una derrota, fue un acto de honestidad.
Buscar ayuda no es malo; al contrario, es una muestra de humildad y de amor propio. A veces, el primer paso para sanar es reconocer que no podemos solos.
La resiliencia emocional, vista desde la fe, no es aprender a “aguantar más”, sino aprender a apoyarnos mejor en el Señor cuando las cargas se vuelven pesadas.
Cuando la vida nos confronta
Todos enfrentamos situaciones que ponen a prueba nuestro corazón:
ser juzgados injustamente, cometer errores que hieren a otros, sufrir pérdidas económicas, o vivir con limitaciones físicas o emocionales que no estaban en nuestros planes.
Estas experiencias pueden despertarnos enojo, culpa, miedo o tristeza profunda. Sentirlo no nos aleja de Dios; lo que hacemos con esos sentimientos es lo que marca el camino.
Muchas veces reaccionamos desde el dolor:
• Guardamos resentimiento.
• Nos castigamos más de lo necesario.
• Perdemos la esperanza.
• Nos comparamos con el pasado y olvidamos el presente.
Pero el Evangelio nos invita a algo distinto: actuar con albedrío, elegir conscientemente una respuesta que nos acerque a la paz, incluso cuando no entendemos el proceso.
Actuar por nosotros mismos, con la guía de Dios
La resiliencia emocional implica detenernos, reconocer lo que sentimos y decidir cómo responder.
Eso puede significar pedir perdón, perdonarnos, establecer límites, aprender algo nuevo o aceptar que nuestra vida hoy es diferente a la de ayer, pero no menos valiosa.
Dios no espera perfección emocional. Él conoce nuestras debilidades y aun así camina con nosotros. La fortaleza que viene de Él no elimina el dolor, pero nos sostiene mientras atravesamos el valle.
La fe como refugio y dirección
Buscar ayuda —ya sea espiritual, emocional o profesional— no es falta de fe. Muchas veces es una respuesta a la oración.
Dios obra a través de personas, recursos y procesos.
Reconocer que necesitamos apoyo no nos hace frágiles; nos hace sabios.
Hay momentos en los que el cuerpo, la mente o el corazón ya no pueden seguir al mismo ritmo. En esos momentos, la resiliencia no consiste en forzarnos, sino en confiar.
Confiar en que Dios sigue teniendo un plan, aun cuando el camino cambia.
Un recordatorio para el corazón
Ser resiliente emocionalmente no significa no caer.
Significa levantarse con fe, con más conciencia y con la certeza de que no estamos solos.
Si hoy estás cansado, confundido o herido, recuerda esto:
buscar ayuda también es una forma de fe.
Y a veces, es el comienzo de una sanación más profunda de la que imaginábamos.

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