Durante muchos años creí que estar ocupada significaba estar bien.
Corría de una responsabilidad a otra. Resolviendo problemas.
Cuidando a otros.
Cumpliendo compromisos. Siendo fuerte.
Tan fuerte que olvidé preguntarme cómo estaba yo.
Muchas mujeres aprendemos desde pequeñas que nuestro valor está en lo que hacemos por los demás.
Nos convertimos en las que sostienen la familia, las que resuelven las emergencias, las que encuentran una solución cuando nadie más la encuentra.
Y sin darnos cuenta, pasamos años viviendo en modo supervivencia.
No porque queramos.
Sino porque aprendimos que era la única forma de seguir adelante.
Recientemente empecé a participé en un taller sobre energía femenina inspirado en las Enseñanazas de Louise Hay y una frase me hizo reflexionar profundamente:
“Soy sostenida. Puedo soltar.”
Al principio parecía una afirmación sencilla.
Pero después comprendí que para muchas personas no lo es.
¿Cómo se aprende a soltar cuando has pasado años sosteniéndolo todo?
¿Cómo se aprende a recibir ayuda cuando siempre has sido quien ayuda?
¿Cómo se aprende a descansar cuando tu mente está acostumbrada a permanecer alerta?
Esta semana descubrí algo hermoso.
Mientras trabajaba en estas reflexiones, comencé a notar todas las formas en que la vida me estaba sosteniendo.
Un amigo que me invitó un helado.
Una conversación que me daba miedo tener y finalmente tuve.
Personas preocupándose por la salud de mi hijo.
Una bendición inesperada.
Ayuda económica que llegó justo cuando era necesaria.
Pequeños gestos que antes habrían pasado desapercibidos porque estaba demasiado ocupada sobreviviendo para notarlos.
Entonces entendí que sentirme sostenida no significa que los problemas desaparezcan.
Significa reconocer que no estoy sola mientras los atravieso.
Quizá la energía femenina no consiste en ser más suave o más delicada.
Quizá consiste en permitirme sentir.
En escuchar mi cuerpo.
En darle espacio a mis emociones.
En dejar de exigirme perfección.
En aprender a recibir.
En mirar a mi niña interior con la misma ternura con la que miraría a cualquier niño que amo.
Porque esa niña también merece ser escuchada.
También merece descansar.
También merece sentirse segura.
Hoy no tengo todas las respuestas.
Todavía estoy descubriendo quién soy.
Todavía estoy aprendiendo a amarme.
Todavía estoy aprendiendo a perdonarme.
Todavía estoy aprendiendo a vivir más presente.
Pero ya no veo eso como una señal de que estoy perdida.
Al contrario.
Empiezo a entender que no estoy perdida.
Me estoy encontrando.
🌻 Reflexión:
¿Y si aquello que llamas confusión no fuera estar perdido?
¿Y si fuera simplemente el hermoso proceso de volver a encontrarte contigo mismo? 💜


