Los días pasaron.
Uno… dos… tres…
Pero Moshi no cedió ni un mes.
La Reina seguía firme.
Con mirada severa.
Con dignidad intacta.
Y paciencia cero.
Max caminaba suave,
bigotes al viento,
con alma tranquila
y noble intento.
Pero bastaba un paso,
un roce, un sonido…
para que Moshi activara
su rugido encendido.
¡Zas! una embestida.
¡Fiu! un zarpazo veloz.
Un pequeño mordisco
“solo para que sepas quién soy”.
Max retrocedía.
Max se escondía.
Max suspiraba con filosofía.
Pero algo curioso sucedía después…
A veces Moshi lo buscaba.
No para amistad.
No para charla.
Lo buscaba…
para reiniciar la batalla.
Como si dijera:
— “No olvides, forastero elegante,
que este reino es mío…
constantemente.”
Y Max, pobre Max,
tan noble y sereno,
sacudía el polvo
y volvía al terreno.
Porque sí…
lo maltrataban un poco.
Pero él regresaba.
Persistente.
Terco.
Casi loco.
Tal vez pensaba en secreto:
“¿Dónde firmo la queja formal?
¿Existe acaso
la Asociación Felina de Maltrato Territorial?”
“¿Hay línea directa?
¿Hay formulario en papel?
¿Incluye asesoría legal
para gatos de ojos color cielo fiel?”
Pero en vez de huir…
él volvía.
Porque algo más fuerte
lo retenía.
No era guerra.
No era orgullo.
Era esperanza.
Porque en medio del drama,
entre gruñido y zarpazo,
había momentos breves
sin rechazo.
Un segundo sin ataque.
Un cruce sin grito.
Un silencio leve…
casi bendito.
Y en esos instantes diminutos,
Max no veía a una enemiga.
Veía a una Reina
que aún no decidía.
La guerra seguía.
El tratado no existía.
Pero bajo tanto teatro…
algo nacía.
— Continuará…

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