lunes, 5 de octubre de 2026

A veces damos por sentado que tendremos a esa persona amada




A veces damos por sentado que tendremos a esa persona amada mañana.

Mañana hablaremos.
Mañana veremos esa película juntos.
Mañana dejaremos el teléfono a un lado.
Mañana preguntaremos cómo se siente.
Mañana tendremos tiempo.

Y vivimos como si el tiempo tuviera la obligación de esperarnos.

Pero no la tiene.

Hay personas que darían cualquier cosa por volver a tener una conversación que alguna vez pospusieron, por escuchar una voz que ya no pueden llamar o por compartir cinco minutos más con alguien que creyeron que estaría allí para siempre.

Quizá por eso amar no debería ser solamente permanecer al lado de alguien.

Porque podemos compartir una habitación y estar a kilómetros de distancia.

Podemos dormir en la misma cama y sentirnos solos.

Podemos tocar la mano de alguien mientras nuestra mente está en otro lugar.

Podemos decir “te amo” muchas veces y, sin darnos cuenta, olvidar detenernos a mirar a esa persona a los ojos.

Estar no siempre significa estar presente

Vivimos rodeados de cosas que compiten por nuestra atención.

El teléfono.
El trabajo.
Las redes sociales.
Los juegos.
Las noticias.
Las preocupaciones.

Nada de eso es necesariamente malo.

Todos necesitamos momentos para distraernos, descansar la mente y tener nuestro propio espacio.

El problema comienza cuando ofrecemos nuestra presencia física mientras nuestra atención pertenece constantemente a otra cosa.

Porque quien está a nuestro lado puede empezar a preguntarse:

“Si finalmente estamos juntos, ¿por qué sigo sintiéndome sola?”

Y quizá la otra persona ni siquiera se ha dado cuenta.

Puede estar pensando: “Pero estoy aquí contigo.”

Y probablemente sea verdad.

Ahí aparece una de las paradojas del amor: dos personas pueden amarse y experimentar el mismo momento de maneras completamente diferentes.

Para una persona, estar sentados juntos en silencio puede ser una expresión maravillosa de intimidad.

Para la otra, ese mismo silencio puede sentirse como distancia.

Una puede pensar que está dando espacio.

La otra puede estar esperando compañía.

Una puede creer que acariciar un cabello mientras mira su teléfono significa: “Estoy aquí contigo.”

La otra puede estar pensando: “Ojalá dejaras todo por unos minutos y estuvieras realmente conmigo.”

Ninguna de las dos necesariamente ha dejado de amar.

Quizá simplemente hablan idiomas emocionales diferentes.


El amor tampoco puede leer la mente

También existe otra verdad que a veces cuesta aceptar.

Por mucho que alguien nos ame, no siempre sabrá qué necesitamos.

Esperamos que lo note.

Que vea nuestra cara.

Que escuche nuestro silencio.

Que se dé cuenta de que estamos enfermos, cansados, preocupados o tristes.

Pensamos: “Si me conoce, debería saberlo.”

Pero conocer profundamente a una persona toma tiempo.

Y amar también significa aprender a decir:

“Hoy necesito que estés conmigo.”

“Abrázame.”

“No quiero soluciones; quiero que me escuches.”

“Deja el teléfono un momento y hablemos.”

“No me siento bien. Hoy necesito que me cuides.”


Pedirlo no hace que el amor sea menos auténtico.

Pero tampoco significa que debamos vivir entregando un manual de instrucciones para recibir cada pequeño gesto de cariño.

Una relación saludable probablemente necesita ambas cosas: comunicación para expresar nuestras necesidades y atención suficiente para comenzar a conocerlas sin que siempre tengan que explicárnoslas.


En la salud y en la enfermedad

Hay momentos que revelan mucho sobre nuestras relaciones.

La enfermedad es uno de ellos.

Cuando alguien se siente vulnerable, quizá no necesita grandes regalos, discursos románticos ni soluciones extraordinarias.

A veces necesita algo mucho más sencillo:

un vaso de agua,

una mano sobre la frente,

una pregunta sincera,

un “yo me encargo”,

o simplemente sentir que no tiene que atravesar ese momento solo.

Porque amar en los días buenos suele ser fácil.

Hay risas, viajes, fotografías, celebraciones y planes.

Pero el amor también vive en las noches incómodas, en el cansancio, en una habitación desordenada, en alguien que no se siente bien y en esos momentos donde cuidar al otro no tiene nada de romántico para una fotografía.

Y quizá precisamente allí el amor adquiere una de sus formas más hermosas:

“Descansa. Yo estoy aquí.”


Los regalos son hermosos, pero el tiempo no se puede envolver

Podemos regalar flores, joyas, viajes y cosas maravillosas.

Podemos escribir “te amo” todos los días.

Todo eso tiene valor.

Pero hay algo que ningún regalo puede sustituir: la presencia.

El tiempo que alguien decide entregarnos es una parte de su vida que jamás podrá recuperar.

Quizá por eso deberíamos preguntarnos de vez en cuando:

¿Cuándo fue la última vez que dejé todo a un lado para escuchar realmente a la persona que amo?

¿Cuándo fue la última vez que la observé sin una pantalla entre nosotros?

¿Cuándo fue la última vez que pregunté “¿cómo estás?” y me quedé el tiempo suficiente para escuchar la verdadera respuesta?


Porque no sabemos cuánto tiempo tenemos

Tal vez mañana tengamos otra oportunidad.

Probablemente sí.

Pero algún día no será así.

Y cuando llegue ese día, difícilmente desearemos haber pasado más tiempo mirando una pantalla.

Desearemos otra conversación.

Otro abrazo.

Otra cena sencilla.

Otro viaje en automóvil.

Otra película que quizá ni siquiera terminamos de ver.

Cinco minutos más escuchando esa voz.

Por eso, mientras todavía podamos hacerlo, vale la pena detenernos.

Mirar a quien tenemos al lado.

Escuchar.

Preguntar.

Abrazar.

Hablar.

Y también aprender a decir lo que necesitamos.

Porque amar no consiste únicamente en decir: “Estoy aquí.”

A veces el amor también necesita decir: “Estoy aquí, y en este momento estoy contigo.”

No demos por sentado que tendremos siempre a esa persona amada.

Hoy todavía está aquí.

Y hoy todavía podemos elegir estar presentes.


Otra película que quizá ni siquiera terminamos de ver.

Cinco minutos más escuchando esa voz.

Por eso, mientras todavía podamos hacerlo, vale la pena detenernos.

Mirar a quien tenemos al lado.

Escuchar.

Preguntar.

Abrazar.

Hablar.

Y también aprender a decir lo que necesitamos.

Porque amar no consiste únicamente en decir:

“Estoy aquí.”

A veces el amor también necesita decir:

“Estoy aquí, y en este momento estoy contigo.”

No demos por sentado que tendremos siempre a esa persona amada.

Hoy todavía está aquí.

Y hoy todavía podemos elegir estar presentes.


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