Una vez me peleé con Dios.
Sí, así como lo lees.
Estaba enojada con Él. Le reclamé muchas cosas. No entendía por qué había permitido ciertas experiencias en mi vida, por qué algunas personas podían hacer tanto daño y por qué, si se suponía que Él estaba ahí, muchas veces yo había sentido que caminaba sola.
Pero tiempo después comprendí algo: Quizas no estaba enojada solamente con Dios.
Estaba enojada con la vida.
Con algunas personas.
Con la humanidad.
Y también conmigo misma.
Con el tiempo tuve que aprender a separar las cosas.
Hubo decisiones cuyas consecuencias sí fueron responsabilidad mía.
Tuve que reconocerlas sin excusas.
Pero también hubo cosas que me sucedieron cuando era pequeña que no fueron mi culpa.
Y hubo una tercera verdad, quizá una de las más difíciles de aceptar: no tengo control sobre lo que otras personas hacen, dicen o piensan de mí.
Comprender esas tres cosas cambió también mi manera de mirar mi fe.
Ser cristiano no significa ser perfecto
A veces pareciera que cuando dices que eres cristiano inmediatamente quedas bajo una lupa.
Si pierdes la paciencia: “¿Y no que era cristiana?”
Si te enojas: “Mira cómo se comporta.”
Si cometes un error: “Todos los cristianos son iguales.”
Y sí, ser cristiano implica una gran responsabilidad. Si decimos que seguimos a Cristo, nuestras acciones deberían intentar reflejar lo que creemos.
Pero intentar vivir como Jesús no significa convertirse mágicamente en Jesús.
Seguimos siendo humanos.
Nos frustramos. Nos equivocamos. Decimos cosas que después lamentamos. Juzgamos cuando no deberíamos hacerlo. A veces herimos incluso cuando nuestra intención no era herir.
Y después tenemos que aprender a pedir perdón, reparar lo que podamos y volver a intentarlo.
Porque quizá ahí también está una parte importante del discipulado.
No en nunca caer.
Sino en aprender a levantarnos de una manera diferente.
Yo tampoco escribo esto para señalar
Sería muy fácil escribir sobre los errores de otros.
Sobre la hipocresía, los chismes, las críticas, las malas miradas o todas esas cosas que también podemos encontrar dentro de una comunidad cristiana.
Pero entonces estaría haciendo exactamente aquello que estoy cuestionando.
Yo también he juzgado.
Yo también he criticado.
Yo también he estado herida y, desde esa herida, probablemente he herido a alguien más.
Por eso no escribo desde un pedestal.
Escribo desde el camino.
Seguir a Jesús no es tan fácil como lo pintan
Porque seguirlo no significa solamente ir a una iglesia, leer las Escrituras, cantar un himno o decir que creemos en Él.
Lo difícil comienza cuando tenemos que llevar esas palabras a la vida real.
Perdonar cuando todavía duele.
No devolver una ofensa cuando tenemos todas las palabras listas para hacerlo.
Reconocer cuando fuimos nosotros quienes nos equivocamos.
Amar a alguien que piensa completamente diferente.
Dejar de querer controlar lo que otros hacen.
Y aprender que tener fe tampoco significa que nunca tendremos preguntas.
Yo tuve preguntas.
Tuve enojo.
Incluso me peleé con Dios.
Y, curiosamente, aquella pelea no terminó alejándome de Él.
Terminó ayudándome a comprenderme a mí misma.
Hoy no creo que seguir a Jesús sea caminar por la vida fingiendo perfección.
Creo que es caminar sabiendo que todavía tenemos muchísimo que aprender.
Caer.
Reconocer.
Perdonar.
Pedir perdón.
Volver a levantarnos.
Y seguir caminando.
Porque quizá ser discípulo nunca significó decir: “Mírame, ya soy perfecta.”
Quizá siempre significó decir: “Todavía estoy aprendiendo a seguirlo.”

No hay comentarios.:
Publicar un comentario