martes, 22 de septiembre de 2026

La música nace en el corazón




El corazón late.

Una vez.
Otra vez.
Y otra.

No necesita saber de música para mantener el ritmo. No conoce de partituras, no ha estudiado notas ni sabe de acordes. Simplemente late.

Y mientras late, nos mantiene vivos.

Quizá por eso siempre he pensado que la música no comienza necesariamente en un instrumento.

A veces comienza mucho antes. Comienza dentro de nosotros.

Yo no estudié música.

No sé sentarme frente a una partitura y comprenderla como lo haría alguien que ha dedicado años a estudiarla. Sin embargo, he escrito canciones.

Y hay momentos en los que sucede algo todavía más curioso.

De repente, una melodía aparece en mi mente.

No la estaba buscando. No estaba tratando de componer. Simplemente llega.

Entonces comienzo a tararear.

Hmm… hmm… la-la-la…

Y por unos minutos existe una canción que todavía no tiene nombre, que quizá ni siquiera tiene palabras, pero que de alguna manera ya estaba sonando dentro de mí.

Eso me hizo preguntarme: ¿Dónde nace realmente la música? Tal vez la teoría nos enseña a comprenderla.

Los instrumentos nos permiten interpretarla.
La voz nos permite expresarla.

Pero quizá la música comienza mucho antes de todo eso.


Primero fue el ritmo

Antes de escuchar nuestra primera canción, hubo un sonido acompañándonos.

El corazón.

Tum-tum. Tum-tum. Tum-tum.

Un pequeño instrumento trabajando día y noche sin pedir aplausos.

Cuando estamos tranquilos, encuentra su propio compás.

Cuando tenemos miedo, se acelera.

Cuando alguien que amamos aparece, parece olvidar por un momento cómo debería comportarse.

Y cuando nos emocionamos, sentimos que quiere salirse del pecho.

Nuestro corazón no solamente responde a la vida.

Marca el ritmo de estar vivos.

Quizá por eso la música tiene esa capacidad tan extraordinaria de tocarnos.

Una canción puede llevarnos a un lugar que creíamos olvidado.

Puede devolvernos a una persona.

A una casa.

A una despedida.

A un amor.

A una versión de nosotros mismos que ya no existe.

Bastan unas cuantas notas y, de pronto, estamos allí otra vez.


No tienes que ser músico para sentir música

Durante mucho tiempo hemos asociado la creación con el conocimiento.

Pensamos que primero debemos estudiar, dominar una técnica y obtener algún tipo de permiso invisible antes de atrevernos a crear.

Pero el arte muchas veces no funciona así.

A veces primero sentimos.

Después creamos.

Y mucho después aprendemos a explicar lo que hicimos.

Yo puedo no conocer el nombre técnico de una secuencia de notas, pero puedo escucharla dentro de mí.

Puedo tararearla.

Puedo sentir cuándo necesita subir, cuándo necesita descansar y cuándo una palabra simplemente no pertenece allí.

Tal vez eso no sustituya el estudio musical —porque estudiar siempre puede ayudarnos a crecer—, pero tampoco hace menos verdadero lo que nace espontáneamente.

Porque una cosa es aprender cómo está construida una canción y otra muy distinta es tener algo que decir a través de ella.


Todos llevamos una canción

Quizá algunas personas la escriben.

Otras la cantan.

Otras la bailan.

Y algunas simplemente la escuchan.

Pero creo que todos conocemos esa sensación de encontrar una canción y pensar:

“Esto dice exactamente lo que yo sentía y no sabía cómo expresar.”

Ahí ocurre algo maravilloso.

El corazón de alguien escribió algo que terminó encontrándose con el corazón de otra persona.

Y quizás esa sea una de las razones por las que seguimos haciendo música desde hace generaciones.

Porque las palabras a veces no alcanzan.

Entonces cantamos.

Porque hay emociones que no sabemos explicar.

Entonces tarareamos.

Porque hay recuerdos demasiado grandes para guardarlos en silencio.

Entonces aparece una melodía.

Y mientras nuestro corazón siga haciendo…

tum-tum, tum-tum, tum-tum…

habrá ritmo.

Mientras tengamos algo que sentir, habrá historias.

Y mientras tengamos historias que quieran salir de nosotros, habrá canciones.

Porque quizás la música no comienza en una partitura.

Quizás comienza en ese pequeño lugar dentro del pecho que lleva acompañándonos desde el principio.


La música nace en el corazón.

Y el corazón, mientras late, sigue cantando la canción más antigua de todas:

la canción de estar vivos.


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