La humanidad ha aprendido a hacer cosas extraordinarias.
Aprendimos a volar, a cruzar océanos en horas, a comunicarnos instantáneamente con alguien al otro lado del planeta. Creamos máquinas capaces de explorar otros mundos y desarrollamos tecnologías que generaciones anteriores apenas habrían podido imaginar.
Pero hay algo mucho más antiguo que todavía parece costarnos:
resolver nuestros conflictos sin destruirnos.
Hace muchos años, una paloma podía atravesar el cielo llevando un pequeño mensaje entre dos puntos durante una guerra. Hoy, ese mismo cielo puede ser atravesado por máquinas capaces de observar, perseguir y destruir.
La tecnología cambió.
La naturaleza de nuestros conflictos, quizás no tanto.
La necesidad de ganar
No necesitamos mirar únicamente las guerras entre países para comprenderlo.
También ocurre en nuestra vida cotidiana.
Sucede cuando una discusión entre dos personas deja de buscar una solución y comienza a buscar un ganador.
Cuando dejamos de escuchar para comprender y empezamos a escuchar únicamente para encontrar la siguiente respuesta.
Cuando utilizamos las palabras como armas.
Cuando el orgullo se vuelve más importante que la relación.
Entonces aparece una pregunta incómoda:
¿De qué sirve ganar una discusión si para hacerlo destruimos el vínculo?
A veces podemos tener razón y, aun así, equivocarnos en la manera en que tratamos al otro.
El conflicto no es el enemigo
Tener diferencias no significa necesariamente que algo esté mal.
Dos personas pueden amarse profundamente y pensar distinto.
Dos generaciones pueden mirar el mundo desde perspectivas completamente diferentes.
Dos pueblos pueden tener intereses que entren en conflicto.
El verdadero desafío comienza con lo que decidimos hacer frente a esas diferencias.
Podemos intentar imponernos.
Podemos humillar.
Podemos atacar.
Podemos construir muros.
O podemos aprender algo mucho más difícil: dialogar sin convertir al otro en nuestro enemigo.
Eso requiere una fortaleza diferente.
Porque destruir puede tomar segundos.
Construir confianza puede tomar años.
Las pequeñas guerras que llevamos dentro
También existen guerras que nadie puede ver.
Las libramos contra nosotros mismos.
Peleamos con nuestro pasado.
Con las decisiones que lamentamos.
Con aquello que pensamos que deberíamos haber sido.
Con nuestros errores, nuestros miedos y nuestras heridas.
Y algunas veces utilizamos contra nosotros mismos palabras que jamás utilizaríamos contra alguien que amamos.
Tal vez aprender a vivir en paz también comienza allí.
En dejar de tratarnos como enemigos.
Aceptar no significa justificar todo lo ocurrido. Perdonar tampoco significa permitir que vuelvan a hacernos daño.
A veces la paz consiste simplemente en decidir que aquello que ocurrió ya no continuará gobernando nuestro presente.
Quizás la verdadera evolución sea otra
Medimos el progreso humano por nuestra tecnología, nuestros edificios, nuestros descubrimientos y nuestra capacidad para transformar el mundo.
Pero quizá exista otra forma de medirlo.
Nuestra capacidad de escuchar.
Nuestra capacidad de reconocer cuando estamos equivocados.
Nuestra capacidad de establecer límites sin destruir.
Nuestra capacidad de defender aquello en lo que creemos sin perder nuestra humanidad.
Nuestra capacidad de mirar a alguien que piensa diferente y recordar que sigue siendo una persona.
Tal vez algún día comprendamos que la verdadera victoria no consiste siempre en derrotar al otro.
A veces consiste en encontrar una salida donde nadie tenga que ser destruido para que nosotros podamos sentir que hemos ganado.
Porque hemos aprendido a construir máquinas extraordinarias.
Hemos aprendido a conquistar el cielo.
Hemos aprendido incluso a mirar hacia las estrellas.
Pero todavía estamos aprendiendo algo aparentemente mucho más sencillo: vivir unos con otros sin destruirnos.

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