Hay días en los que no tenemos hambre… y aun así comemos.
No porque el cuerpo lo necesite, sino porque algo dentro de nosotros pide alivio, consuelo, silencio o pausa.
Y no, no es falta de fuerza de voluntad.
Es mucho más profundo que eso.
Durante mucho tiempo se nos ha dicho que comer de más, antojarse o “no poder parar” es un problema de disciplina. Pero cuando miramos con honestidad —y un poco de compasión— descubrimos que la relación con la comida muchas veces está ligada a emociones que no supimos, no pudimos o no nos enseñaron a gestionar.
La comida como refugio emocional
La adicción a la comida no siempre se ve como imaginamos.
No se trata solo de grandes cantidades, sino de la relación compulsiva con ciertos alimentos, especialmente los altos en azúcar, grasas y ultraprocesados.
Cuando estamos estresados, tristes, cansados, solos o emocionalmente saturados, el cerebro busca una salida rápida. Y la comida —sobre todo la que genera placer inmediato— se convierte en un regulador emocional accesible, legal y socialmente aceptado.
El problema no es la comida.
El problema es que se vuelve el único lugar donde aprendimos a calmarnos.
¿Qué ocurre en el cerebro?
Al consumir ciertos alimentos, el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor asociado al placer y la recompensa. Esa sensación momentánea de alivio hace que el cerebro registre: “esto me hizo sentir mejor”.
El ciclo suele verse así:
Emoción incómoda → comer → alivio momentáneo → culpa → promesas → repetición.
Con el tiempo, el cerebro empieza a pedir ese estímulo una y otra vez, no porque tengamos hambre, sino porque busca repetir la sensación de bienestar, aunque sea breve.
Por eso muchas personas sienten que “no pueden evitarlo”.
No es debilidad, es aprendizaje
Es importante decirlo claramente:
la adicción a la comida no nace de la falta de voluntad.
Influyen factores como:
• Estrés crónico
• Falta de descanso
• Carga emocional no expresada
• Ansiedad
• Hábitos aprendidos desde la infancia
• Y un entorno lleno de alimentos diseñados para ser irresistibles
Cuando el cuerpo y la mente están sobrecargados, buscar alivio no es un fallo… es una respuesta humana.
Señales de que la comida puede estar cumpliendo otro rol
Tal vez sea momento de mirar tu relación con la comida con más atención si:
• Comes aun estando lleno.
• Sientes culpa después de comer ciertos alimentos.
• Intentas “dejar” algo y no lo logras.
• Comes a escondidas o minimizas lo que comes frente a otros.
• Usas la comida para calmar emociones intensas.
• Te prometes cambiar “mañana”, una y otra vez.
No para castigarte.
Para entenderte.
¿Por dónde empezar a sanar la relación con la comida?
Sanar no empieza prohibiendo alimentos. Empieza escuchándote.
Algunas claves suaves, pero poderosas:
• Preguntarte qué emoción hay antes del antojo.
• Hacer pausas conscientes antes de comer, sin juicio.
• Dormir mejor (el cansancio intensifica los impulsos).
• Reducir el estrés tanto como sea posible.
• Practicar mindfulness alimentario.
• Buscar apoyo emocional cuando sea necesario.
No se trata de comer “perfecto”.
Se trata de dejar de pelear contigo mismo.
Una reflexión final
La comida no es el enemigo.
La comida ha sido, muchas veces, una forma de sobrevivir emocionalmente.
Cuando entendemos eso, la culpa pierde fuerza y aparece algo más transformador: la conciencia.
Y desde ahí, el cambio deja de ser una guerra y se convierte en un proceso de cuidado.
Porque sanar la relación con la comida no empieza en el plato.
Empieza en cómo nos tratamos cuando algo nos duele.

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