jueves, 10 de septiembre de 2026

No quiero convertirme en aquello que me hirió




“Porque de la abundancia del corazón habla la boca.” — Mateo 12:34

A veces me aparto de las personas.

No porque sea antisocial. No porque no disfrute conversar, compartir, reír o sentirme acompañada. Tampoco porque piense que no necesito a nadie.

A veces me aparto porque he aprendido que las personas pueden hacer mucho daño.

Hay heridas que no dejan cicatrices visibles. Nadie las nota cuando caminamos por la calle. No aparecen en una radiografía ni necesitan una venda, pero cambian nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Después de ciertas experiencias uno aprende a observar más, a confiar menos rápido, a guardar silencio cuando antes habría hablado y, algunas veces, simplemente a mantener cierta distancia.

Durante mucho tiempo pensé que alejarme era solamente una manera de protegerme.

Ahora creo que también puede ser una oportunidad para preguntarme qué está ocurriendo dentro de mí.

Porque existe algo que me preocupa mucho más que haber sido herida: convertirme, poco a poco, en aquello que me hirió.


Cuando el dolor también habla

Es fácil mirar hacia atrás y recordar las palabras que alguien nos dijo, las promesas que no cumplió, una traición, una humillación o aquel momento en que necesitábamos comprensión y recibimos exactamente lo contrario.

Pero hay una parte mucho más incómoda de sanar: mirarnos a nosotros mismos.

Yo sé que me han hecho daño.

Mucho.

Pero también tengo que reconocer que probablemente yo he lastimado a otras personas. Quizá alguna vez respondí desde el enojo. Quizá dije palabras que no debía decir. Quizá reaccioné desde una herida que todavía estaba abierta.

Y reconocerlo no significa justificar a quienes me hicieron daño.

Tampoco significa condenarme por mis propios errores.

Significa asumir responsabilidad.

Hay una enorme diferencia entre decir “hice esto porque estaba herida” y decir “como estaba herida, tenía derecho a hacerlo”.

Lo primero puede ayudarnos a comprendernos.

Lo segundo puede convertirse en una excusa.

Y yo no quiero utilizar mis heridas como permiso para herir.

¿De qué está lleno mi corazón?

Hay unas palabras de Jesucristo que siempre me hacen pensar:

“Porque de la abundancia del corazón habla la boca.”
— Mateo 12:34

Qué frase tan pequeña y, al mismo tiempo, qué difícil.

Porque entonces la pregunta deja de ser solamente: ¿Qué me hicieron?

Y comienza a ser: ¿Qué estoy permitiendo que todo aquello deje dentro de mí?

Resentimiento.

Miedo.

Desconfianza.

Rabia.

Deseos de demostrar algo.

Necesidad de tener siempre la razón.

O quizá, después de mucho trabajo:

Compasión.

Sabiduría.

Prudencia.

Límites.

Perdón.

Paz.

No creo que una persona pueda atravesar experiencias dolorosas y salir exactamente igual. Algo cambia. La cuestión es qué permitimos que cambie.


Es fácil hablar de amor cuando nadie toca nuestras heridas

Todos podemos ser amables cuando las cosas marchan bien.

Es fácil hablar de paciencia cuando nadie nos desespera. Hablar de perdón cuando nadie nos ha traicionado. Hablar de amor cuando nos sentimos amados.

Pero basta que alguien toque una herida profunda para descubrir cosas de nosotros que quizá no sabíamos que seguían allí.

Una palabra.

Una acusación.

Un rechazo.

Y de repente sale algo que creíamos superado.

Ahí comprendo mejor aquello de “de la abundancia del corazón habla la boca”.

Porque nuestras palabras muchas veces revelan habitaciones internas que todavía necesitan ser ordenadas.

Eso tampoco significa que cada palabra dicha en un momento de enojo defina para siempre quiénes somos. Somos seres humanos. Nos equivocamos. Podemos perder la paciencia, reaccionar mal y después reconocerlo.

Para mí, conservar la humanidad no significa ser perfecta.

Significa seguir siendo capaz de reconocer cuando he fallado.

Poder decir:

Me equivoqué.

Eso que dije estuvo mal.

Entiendo que te lastimé.

Perdóname.

Voy a intentar hacerlo diferente.

Hay una enorme humanidad en esas palabras.

Perdonar no significa permitir

También he aprendido otra cosa.

Tener un buen corazón no significa permitir que cualquiera tenga acceso ilimitado a él.

Podemos perdonar y poner límites.

Podemos amar a alguien y comprender que necesitamos distancia.

Podemos desearle el bien a una persona y decidir que ya no queremos compartir nuestra vida con ella.

Podemos dejar de odiar sin volver a abrir una puerta.

Durante mucho tiempo se nos ha enseñado que una buena persona soporta, aguanta, calla y perdona una y otra vez.

Yo ya no creo que sea así.

La bondad sin límites puede convertirse en abandono de nosotros mismos.

Un límite no siempre es castigo.

A veces un límite simplemente dice:

“No te odio, pero tampoco voy a permitir que continúes haciéndome daño.”

Y quizá esa también sea una forma de paz.

Todavía conservo mi humanidad

Después de ciertas experiencias podríamos volvernos fríos.

Podríamos decidir que nadie merece confianza.

Podríamos comenzar a tratar a los demás exactamente como alguna vez nos trataron.

Pero no quiero vivir así.

He conocido el dolor suficiente como para saber que no quiero producirlo deliberadamente en alguien más.

No he atravesado la vida sin cometer errores. Nadie lo hace. Hay decisiones que hoy tomaría de otra manera y palabras que quizá habría dicho diferente.

Pero todavía puedo mirar hacia dentro.

Todavía puedo arrepentirme.

Todavía puedo aprender.

Todavía puedo sentir compasión.

Todavía puedo amar.

Todavía puedo detenerme antes de responder y preguntarme:

“¿Esto que estoy a punto de decir viene de mi corazón… o viene de mi herida?”

Porque no siempre son la misma cosa.

Y quizá parte de sanar consiste precisamente en aprender a distinguirlas.


No quiero entregarles ese poder

Hay algo profundamente injusto en permitir que quienes nos hicieron daño determinen la persona en la que terminaremos convirtiéndonos.

Si alguien fue cruel conmigo y esa crueldad termina convirtiéndome en una persona cruel, entonces aquella experiencia continúa teniendo poder sobre mí.

Si alguien destruyó mi confianza y yo decido que jamás volveré a confiar en nadie, aquella persona sigue influyendo en relaciones que ni siquiera conoce.

Si alguien llenó una etapa de mi vida de amargura y yo continúo alimentándola durante años, sigo cargando algo que quizá esa persona dejó atrás hace muchísimo tiempo.

No quiero concederle a nadie semejante poder.

Mi historia explica algunas de mis cicatrices.

Pero mis cicatrices no tienen derecho a escribir el resto de mi historia.


¿Qué quiero que abunde en mí?

Quizá nunca podamos evitar completamente que el dolor entre en nuestro corazón.

Somos humanos.

Amamos, confiamos, esperamos… y por eso somos vulnerables.

Pero sí podemos decidir qué alimentamos después.

Podemos alimentar una herida todos los días hasta convertirla en resentimiento.

O podemos mirarla, reconocerla, atenderla y permitir que, con el tiempo, se convierta en sabiduría.

No quiero negar lo que me hicieron.

No quiero fingir que ciertas cosas no dolieron.

Y tampoco quiero construir una versión perfecta de mí misma en la que yo jamás haya lastimado a nadie.

Quiero algo mucho más honesto: reconocer mi historia sin convertirme en prisionera de ella.

Quiero poder mirar mis errores sin justificarme y mirar las heridas que otros me causaron sin permitir que definan mi corazón.

Porque si es verdad que de la abundancia del corazón habla la boca, entonces quiero prestar mucha atención a aquello con lo que estoy llenando el mío.

Y cuando la vida vuelva a apretarme una herida —porque seguramente ocurrirá— espero tener dentro de mí más amor que resentimiento, más sabiduría que rabia y más humanidad que deseo de devolver el daño.

No quiero convertirme en aquello que me hirió.

Quiero convertirme en alguien que, a pesar de haber sido herida, todavía eligió sanar. 💙

domingo, 16 de agosto de 2026

We Still Struggle to Resolve Our Conflicts Without Destroying Each Other





Humanity has learned to do extraordinary things.

We have learned to fly, to cross oceans in a matter of hours, and to communicate instantly with someone on the other side of the planet. We have created machines capable of exploring other worlds and developed technologies that previous generations could barely have imagined.

But there is something much older that we still seem to struggle with:

Resolving our conflicts without destroying each other.

Many years ago, a pigeon could cross the sky carrying a small message from one place to another during a war. Today, that same sky can be crossed by machines capable of observing, pursuing, and destroying.

Technology has changed.

The nature of our conflicts, perhaps not as much.

The Need to Win

We do not need to look only at wars between nations to understand this.

It also happens in our everyday lives.

It happens when an argument between two people stops being about finding a solution and becomes about finding a winner.

When we stop listening to understand and begin listening only to prepare our next response.

When we use words as weapons.

When pride becomes more important than the relationship.

Then an uncomfortable question arises:

What is the point of winning an argument if, in doing so, we destroy the connection?

Sometimes we can be right and still be wrong in the way we treat another person.

Conflict Is Not the Enemy

Having differences does not necessarily mean that something is wrong.

Two people can love each other deeply and still think differently.

Two generations can see the world from completely different perspectives.

Two nations can have interests that come into conflict.

The real challenge begins with what we choose to do with those differences.

We can try to impose our will.

We can humiliate.

We can attack.

We can build walls.

Or we can learn something much more difficult: how to disagree without turning the other person into our enemy.

That requires a different kind of strength.

Because destruction can take seconds.

Building trust can take years.

The Small Wars We Carry Within

There are also wars that no one else can see.

The ones we fight against ourselves.

We fight with our past.

With decisions we regret.

With the person we think we should have been.

With our mistakes, our fears, and our wounds.

And sometimes we use words against ourselves that we would never use against someone we love.

Perhaps learning to live in peace also begins there.

By choosing to stop treating ourselves as the enemy.

Acceptance does not mean justifying everything that happened. Forgiveness does not mean allowing someone to hurt us again.

Sometimes peace simply means deciding that what happened will no longer continue to rule our present.

Perhaps True Evolution Is Something Else

We measure human progress through our technology, our buildings, our discoveries, and our ability to transform the world.

But perhaps there is another way to measure it.

Our ability to listen.

Our ability to admit when we are wrong.

Our ability to set boundaries without destroying.

Our ability to defend what we believe without losing our humanity.

Our ability to look at someone who thinks differently and remember that they are still a human being.

Perhaps one day we will understand that true victory does not always mean defeating someone else.

Sometimes it means finding a way forward where no one has to be destroyed for us to feel that we have won.

Because we have learned to build extraordinary machines.

We have learned to conquer the skies.

We have even learned to look toward the stars.

But we are still learning something that seems much simpler: how to live with one another without destroying each other.

Learning to Be Disciples of Jesus Christ

A few days ago, I heard a phrase that stayed with me. It was during the setting apart of a young woman who was preparing to leave on her mis...