“Porque de la abundancia del corazón habla la boca.” — Mateo 12:34
A veces me aparto de las personas.
No porque sea antisocial. No porque no disfrute conversar, compartir, reír o sentirme acompañada. Tampoco porque piense que no necesito a nadie.
A veces me aparto porque he aprendido que las personas pueden hacer mucho daño.
Hay heridas que no dejan cicatrices visibles. Nadie las nota cuando caminamos por la calle. No aparecen en una radiografía ni necesitan una venda, pero cambian nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Después de ciertas experiencias uno aprende a observar más, a confiar menos rápido, a guardar silencio cuando antes habría hablado y, algunas veces, simplemente a mantener cierta distancia.
Durante mucho tiempo pensé que alejarme era solamente una manera de protegerme.
Ahora creo que también puede ser una oportunidad para preguntarme qué está ocurriendo dentro de mí.
Porque existe algo que me preocupa mucho más que haber sido herida: convertirme, poco a poco, en aquello que me hirió.
Cuando el dolor también habla
Es fácil mirar hacia atrás y recordar las palabras que alguien nos dijo, las promesas que no cumplió, una traición, una humillación o aquel momento en que necesitábamos comprensión y recibimos exactamente lo contrario.
Pero hay una parte mucho más incómoda de sanar: mirarnos a nosotros mismos.
Yo sé que me han hecho daño.
Mucho.
Pero también tengo que reconocer que probablemente yo he lastimado a otras personas. Quizá alguna vez respondí desde el enojo. Quizá dije palabras que no debía decir. Quizá reaccioné desde una herida que todavía estaba abierta.
Y reconocerlo no significa justificar a quienes me hicieron daño.
Tampoco significa condenarme por mis propios errores.
Significa asumir responsabilidad.
Hay una enorme diferencia entre decir “hice esto porque estaba herida” y decir “como estaba herida, tenía derecho a hacerlo”.
Lo primero puede ayudarnos a comprendernos.
Lo segundo puede convertirse en una excusa.
Y yo no quiero utilizar mis heridas como permiso para herir.
¿De qué está lleno mi corazón?
Hay unas palabras de Jesucristo que siempre me hacen pensar:
“Porque de la abundancia del corazón habla la boca.”
— Mateo 12:34
Qué frase tan pequeña y, al mismo tiempo, qué difícil.
Porque entonces la pregunta deja de ser solamente: ¿Qué me hicieron?
Y comienza a ser: ¿Qué estoy permitiendo que todo aquello deje dentro de mí?
Resentimiento.
Miedo.
Desconfianza.
Rabia.
Deseos de demostrar algo.
Necesidad de tener siempre la razón.
O quizá, después de mucho trabajo:
Compasión.
Sabiduría.
Prudencia.
Límites.
Perdón.
Paz.
No creo que una persona pueda atravesar experiencias dolorosas y salir exactamente igual. Algo cambia. La cuestión es qué permitimos que cambie.
Es fácil hablar de amor cuando nadie toca nuestras heridas
Todos podemos ser amables cuando las cosas marchan bien.
Es fácil hablar de paciencia cuando nadie nos desespera. Hablar de perdón cuando nadie nos ha traicionado. Hablar de amor cuando nos sentimos amados.
Pero basta que alguien toque una herida profunda para descubrir cosas de nosotros que quizá no sabíamos que seguían allí.
Una palabra.
Una acusación.
Un rechazo.
Y de repente sale algo que creíamos superado.
Ahí comprendo mejor aquello de “de la abundancia del corazón habla la boca”.
Porque nuestras palabras muchas veces revelan habitaciones internas que todavía necesitan ser ordenadas.
Eso tampoco significa que cada palabra dicha en un momento de enojo defina para siempre quiénes somos. Somos seres humanos. Nos equivocamos. Podemos perder la paciencia, reaccionar mal y después reconocerlo.
Para mí, conservar la humanidad no significa ser perfecta.
Significa seguir siendo capaz de reconocer cuando he fallado.
Poder decir:
Me equivoqué.
Eso que dije estuvo mal.
Entiendo que te lastimé.
Perdóname.
Voy a intentar hacerlo diferente.
Hay una enorme humanidad en esas palabras.
Perdonar no significa permitir
También he aprendido otra cosa.
Tener un buen corazón no significa permitir que cualquiera tenga acceso ilimitado a él.
Podemos perdonar y poner límites.
Podemos amar a alguien y comprender que necesitamos distancia.
Podemos desearle el bien a una persona y decidir que ya no queremos compartir nuestra vida con ella.
Podemos dejar de odiar sin volver a abrir una puerta.
Durante mucho tiempo se nos ha enseñado que una buena persona soporta, aguanta, calla y perdona una y otra vez.
Yo ya no creo que sea así.
La bondad sin límites puede convertirse en abandono de nosotros mismos.
Un límite no siempre es castigo.
A veces un límite simplemente dice:
“No te odio, pero tampoco voy a permitir que continúes haciéndome daño.”
Y quizá esa también sea una forma de paz.
Todavía conservo mi humanidad
Después de ciertas experiencias podríamos volvernos fríos.
Podríamos decidir que nadie merece confianza.
Podríamos comenzar a tratar a los demás exactamente como alguna vez nos trataron.
Pero no quiero vivir así.
He conocido el dolor suficiente como para saber que no quiero producirlo deliberadamente en alguien más.
No he atravesado la vida sin cometer errores. Nadie lo hace. Hay decisiones que hoy tomaría de otra manera y palabras que quizá habría dicho diferente.
Pero todavía puedo mirar hacia dentro.
Todavía puedo arrepentirme.
Todavía puedo aprender.
Todavía puedo sentir compasión.
Todavía puedo amar.
Todavía puedo detenerme antes de responder y preguntarme:
“¿Esto que estoy a punto de decir viene de mi corazón… o viene de mi herida?”
Porque no siempre son la misma cosa.
Y quizá parte de sanar consiste precisamente en aprender a distinguirlas.
No quiero entregarles ese poder
Hay algo profundamente injusto en permitir que quienes nos hicieron daño determinen la persona en la que terminaremos convirtiéndonos.
Si alguien fue cruel conmigo y esa crueldad termina convirtiéndome en una persona cruel, entonces aquella experiencia continúa teniendo poder sobre mí.
Si alguien destruyó mi confianza y yo decido que jamás volveré a confiar en nadie, aquella persona sigue influyendo en relaciones que ni siquiera conoce.
Si alguien llenó una etapa de mi vida de amargura y yo continúo alimentándola durante años, sigo cargando algo que quizá esa persona dejó atrás hace muchísimo tiempo.
No quiero concederle a nadie semejante poder.
Mi historia explica algunas de mis cicatrices.
Pero mis cicatrices no tienen derecho a escribir el resto de mi historia.
¿Qué quiero que abunde en mí?
Quizá nunca podamos evitar completamente que el dolor entre en nuestro corazón.
Somos humanos.
Amamos, confiamos, esperamos… y por eso somos vulnerables.
Pero sí podemos decidir qué alimentamos después.
Podemos alimentar una herida todos los días hasta convertirla en resentimiento.
O podemos mirarla, reconocerla, atenderla y permitir que, con el tiempo, se convierta en sabiduría.
No quiero negar lo que me hicieron.
No quiero fingir que ciertas cosas no dolieron.
Y tampoco quiero construir una versión perfecta de mí misma en la que yo jamás haya lastimado a nadie.
Quiero algo mucho más honesto: reconocer mi historia sin convertirme en prisionera de ella.
Quiero poder mirar mis errores sin justificarme y mirar las heridas que otros me causaron sin permitir que definan mi corazón.
Porque si es verdad que de la abundancia del corazón habla la boca, entonces quiero prestar mucha atención a aquello con lo que estoy llenando el mío.
Y cuando la vida vuelva a apretarme una herida —porque seguramente ocurrirá— espero tener dentro de mí más amor que resentimiento, más sabiduría que rabia y más humanidad que deseo de devolver el daño.
No quiero convertirme en aquello que me hirió.
Quiero convertirme en alguien que, a pesar de haber sido herida, todavía eligió sanar. 💙

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